Jorge Barbó | ZaragozaDirecto

Fotografía: Fernando Maquieira | quiquegonzalez.com
De él dicen que es la eterna promesa del rock español, aunque tras siete impecables trabajos discográficos en el mercado, Quique González hace mucho que dejó de ser una promesa para convertirse en todo un artista consolidado.
Sin embargo, el pupilo de Enrique Urquijo huye de toda esa parafernalia que, en teoría, debe rodear a una estrella del rock. Él, junto a su banda, entra en su camerino del Anfiteatro 43 de la Expo con un balón bajo el brazo, como un chaval dispuesto a pasar una tarde entre amigos. Allí, se presenta con timidez pero con una familiaridad reconfortante.
Toma asiento y con sencillez y cercanía invita a que yo también lo haga. “Igual me tengo que largar corriendo a la prueba de sonido”, se apresura a decir, disculpándose de antemano. “Tranquilo Quique, prometo ser lo más breve posible”…
Para los que conocemos tu música, nos da la sensación de que en Averia y Redención ha habido un cambio, más “moderno”, ¿hasta qué punto tu nueva banda y la salida de Carlos Raya y Toni Jurado han tenido que ver en ese cambio de rumbo?
Bueno, siempre he intentando hacer discos distintos de los anteriores, que fueran distintos entre sí, buscar nuevos caminos. Esta vez ha coincidido con que he dejado de trabajar con Carlos Raya, con el que había trabajado en mis seis discos anteriores. Avería y redención lo hemos hecho de una forma muy grupal, entre la Aristocracia del Barrio y yo, entre los cinco y supongo que por eso suena un poco diferente.
Quizás en ese cambio también tengan que ver proyectos como el Laboratorio ñ que compartiste con Xoel –Deluxe-, Iván y Amaro Ferreiro y los Pereza…
Creo que sí, que a todos nos impactó, nos influyó de una manera u otra juntarnos en Buenos Aires durante aquella etapa. No sabes cuantificar en qué medida te ha influido, pero sin duda para mi Argentina y Buenos Aires siempre han sido una gran fuente de inspiración para componer canciones.
Precisamente con tu buen amigo Miguel Conejo –Leiva, vocalista de Pereza-, tienes un proyecto entre manos ¿Cómo va Autopista hacia el zulo y para cuándo un vinilo?, porque tú Quique, eres vinilista…
Claro que soy vinilista. Yo creo que el vinilo saldrá el año que viene, pero es un grupo entre amigos sin muchas pretensiones y hemos grabado unas cuantas canciones y lo editaremos nosotros mismos, seguramente. Es más una forma de juntarnos y pasarlo bien haciendo música estando juntos con gente con la que estás a gusto. Es un placer, un gustazo tocar con César, con Miguel, con Mac y con Charly…
Quique, en el documental ¿Dónde están las gafas de Mike?, te pudimos conocer mucho mejor ¿No has tenido miedo a desnudar tu vida demasiado ante la cámara?
No, porque no era consciente de que lo estaba haciendo. Tuve la suerte de que lo hizo Mac, y es un tipo que me conoce muy bien y yo sabía que no iba a poner nada con lo que estuviera mal. En ese sentido, me dio tranquilidad. También, como no lo veo…, quizás si lo vuelvo a ver algún día digo: ¡Ahí va, estaba enseñando demasiado! Pero en principio, no sé, al final, salgo ahí, viajando y haciendo canciones que es lo que yo hago.
Alguna vez has dicho, parafraseando al gran Billy Wilder, aquello de “no creo en Dios pero creo en Bob Dylan”, ¿cómo fue compartir escenario con Dios en Jaén?
Bueno, fue una gran experiencia, claro. No le dije nada, porque como siempre le digo a mis amigos, ¿qué le vas a decir a Bob Dylan? Sólo estar allí y compartir ese espacio de tiempo y estar tocando tus canciones antes justo de que salga el héroe a tocar las suyas, es una sensación muy grande y me acordaré siempre de ese momento.
Dicen que Dylan está algo cascado ya…
No (sonríe). Estaría cascado si estuviera en casa, pero un tío que hace 200 y pico conciertos con 65 años o así y vive en una roulotte y hace once conciertos en España en un verano, me parece que está en plena forma y, además, tiene un concierto fantástico.
¿Has escuchado a Jacob?
Sí, me encanta el disco, me gusta mucho. Soy muy fan de Rick Rubin, que es el productor también. Me encantan los discos acústicos. Me gusta mucho como canta y llega más lejos y más hondo que con los Wallflowers –su banda- , aunque también me gustan mucho.
¿Se merece, entonces, ser un Dylan?
Ni siquiera tiene el apellido Dylan (sonríe), también lo ha adoptado, pero sin dudas se lo merece, es un grande…
Hoy estás, aquí en el Anfiteatro 43 de la Expo, en un sitio enorme. Hace unos meses llenaste el Palacio de Congresos de Madrid, ¿echas de menos garitos como aquél Rincón del Arte Nuevo que te vio nacer?
No, porque sigo tocando en sitios así, no habitualmente o no de una forma programada, pero me gusta estar en los clubs por las noches y muchas veces estoy en Madrid, en Santander o en Gijón y acabo tocando en un sitio y tengo esa cercanía que no tengo en sitios más grandes y realmente he ido tocando, hoy es una excepción porque tocamos en un sitio inmenso, en los sitios en la medida de las posibilidades y del público que demandaban nuestra música.
Comenzaba esta charla preguntándote por tu cambio de estilo, pero, ¿ha cambiado en algo Enrique González Morales?
Bueno, supongo que sí, y espero haber cambiado algunas cosas (ríe)…
Dicho de otro modo, ¿qué queda de aquél Quique que apareció con Enrique Urquijo tocando Aunque tú no lo sepas?
Yo que sé, la misma ilusión por hacer canciones, por tocar. Sigo creyendo mucho en mi oficio y en la gente que toca conmigo y con la que comparto conciertos como Tarque, como Leiva. Sigo admirando a maestros como Lapido, Lichis, Sabina, Calamaro y no sé, igual pierdes un poco de ingenuidad pero sigo teniendo amor por la música y por lo que hago.
Máster, su road manager, se asoma. Es hora de acabar la entrevista. Tras la foto de rigor y la dedicatoria de su flamante último vinilo entra Carlos Tarque –cantante de MClan- y, juntos, empiezan a ensayar Pequeño Rock&Roll, sin instrumentos. Uno no puede dejar de mirar y escuchar embobado. La mitomanía es lo que tiene.